OTOÑO
- Jilary Castro
- 26 dic 2019
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 13 oct 2020
"Solo deja las hojas caer"
Hacia algunas semanas que le sucedía algo extraño, las hojas habían empezado a cambiar de color, pero no le prestó mucha atención; al cabo de algunos días las hojas comenzaron a caer, de una en una; trato de no alarmarse, aún le quedaban muchas hojas. Pero ese día algo extraño sucedió,ya las hojas caían por montones, no de a una, ni de a dos, caían de tal forma que no alcanzaba a contarlas. Corrió donde su padre, que estaba regando el jardín. -Papá ¿Qué pasa? Se me caen las hojas - dijo mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas. - Su padre la miró un instante y contestó - está bien, todo está bien. Ella lo miró con desesperación y algo de indignación por su calma - ¿Esta bien? ¿No ves que me estoy haciendo pedazos? Le dijo mientras tomaba las hojas del suelo e intentaba ponerlas de nuevo en su lugar; hacia esto una y otra vez, para obtener siempre el mismo resultado, las hojas no se quedaban, volvían a caer. Entre lágrimas y desconsuelo, repetía la misma acción sin obtener cambios. Su padre, que era ya un anciano, había detenido su labor y se había recostado en un poste, mientras la miraba detenidamente con una sonrisa en el rostro. Al percatarse ella de que estaba siendo observada le dijo: ¿No tienes cuidado que se me caen las hojas? Ahora la sonrisa se convirtió en carcajada, el padre se reía de la inocencia de su hija. Ella rechistó, no te rías, no tiene ninguna gracia. El padre se enderezó y camino hacia ella, tomó con sus manos callosas de tanto trabajar el rostro de su pequeña hija, con la sonrisa aún en los labios y los ojos brillantes le dijo: Las hojas volverán a crecer, solo déjalas caer. La soltó para continuar su labor de labrar el jardín. Ella se desplomó, sus hojas hermosas, admirables, grandes y vistosas, habían caído, quedaban unas pocas y estaba segura que el viento se las arrebataría de igual forma que con las otras. No entendía porqué su padre no había hecho nada, pero confiaría en que la hojas volverían a crecer. A la mañana siguiente al mirarse en el espejo no se reconocía, se veía vacía, sin brillo y seca. Recordó las palabras de su padre, pero le era difícil no desesperarse.
Todos los días parecía ser peor, se veía mas extraña, se miraba y se desconocía.
¿Qué pasaría si las hojas no crecían? O ¿si crecían y no eran tan bellas como las anteriores? Y ¿si se quedaba así para siempre? Pasaron los meses y ella se acostumbró a vivir sin hojas, se obligó a no mirar con envidia las hojas de los demás y se recordaba todas las noches antes de dormir las palabras del padre “crecerán, crecerán”. Al despertar y observarse y ver que no había ni siquiera un atisbo de cambio, se resignó a que tal vez las cosas nunca volvieran a ser como eran. Visitaba de vez en vez la casa del padre, pero ya no le preguntaba sobre sus hojas, veía como el padre podaba las hojas de quienes venían a su jardín, fertilizaba a otros, adornaba a unos cuantos, ayudaba con sus frutos a algunos y enderezaba a los que llegaban torcidos, pero nunca durante sus visitas vio a alguien que se pareciera a ella, jamás vio a alguien totalmente privado de hojas; había quienes tenían pequeños capullos, otras pequeños brotes que anunciaban que bellas hojas nacerían; al observarlos se sentía triste, pero se alegraba de que nadie más sufriera la vergüenza de estar deshojado, porque para ella era una vergüenza, estaba completamente expuesta y sentía que no tenia nada que ofrecer. Ese día mientras estaba en el jardín del padre, él se acercó, se sentó a su lado y preguntó: ¿Por qué tan callada querida? Hace mucho no te oigo cantar. Ella se quedó callada mientras el padre tarareaba una canción que ella conocía muy bien. Una canción que había tratado de apagar cada vez que venía a su mente como un atisbo de esperanza. El tarareo se convirtió en canción y la voz del padre la acunaba mientras ella se derretía y se convertía en un mar de lágrimas. No se supo cuánto tiempo pasó, tal vez un minuto o una eternidad, pero por primera vez, las hojas dejaron de importarle y lo único que interesaba es que allí estaba el padre. Cuando terminó la canción, el padre la miró con dulzura - hija mía - le susurró muy cerca del oído y ella sintió paz, si al padre le importaban poco las hojas para amarla, entonces ella no necesitaba las hojas para corresponderle. Nunca había sentido tanta alegría, la plenitud que la inundaba era evidente, ahora cantaba, cantaba sin parar. Y el padre reía al escucharla cantar. A la mañana siguiente nada cambio, seguía sin hojas, pero ella había cambiado. Todos los días iba a visitar el jardín y ya no se preocupaba cuando la miraban con extrañeza por no tener hojas.
Un día mientras el padre terminaba una cerca, le dijo: ¿Qué pasaría si tus hojas no vuelven a crecer? Ella, que se encontraba bailando como una niña, lo miró mientras intentaba atrapar una mariposa y respondió: puedo verte a ti en el jardín y también puedo ver las hojas de los demás, eso es suficiente. Ella continúo bailando y riéndose, el padre estaba satisfecho, en su miraba se notaba que estaba complacido y la observó ser feliz aún cuando no tenia nada, era impresionante cuanta gracia tenía aun sin una sola hoja. El jardín se volvió el lugar favorito de ella y cada día se despertaba corriendo para ir a visitar al padre, hasta se olvidó de mirarse en el espejo; siempre el padre tenia tareas para ella, así que llegaba emocionada por ayudarlo en el jardín, no importaba si se enlodaba las manos, o si tenia que hacer una cerca, era feliz de estar cerca de él, escuchar sus historias e incluso atesorar algunos secretos que el padre le contaba solo aquellos que pasaban mucho tiempo en el jardín. Ella no notó cuando las hojas comenzaron a crecer, tampoco se dio cuenta que estas venían acompañadas de flores y mucho menos de frutos, el padre si lo notaba, y todos aquellos que la miraban con extrañeza ahora la observaban con asombro, ella no entendía a que se debía el cambio, pensaba que era porque todos veían cuanta cercanía tenia ella con el padre. Un día mientras estaban conversando cerca del arroyo como ya era usual que lo hicieran, el padre le dijo que se mirará en el agua, ella lo miró a él un instante y logró ver en sus ojos a alguien que no alcanzó a reconocer. Se puso de pie y se miró en el lago, un ropaje de hojas verdes la vestía y flores que jamás había visto en el jardín la cubrían, una corona de hojas entrelazadas reposaba en su cabeza y había hermosos frutos por todo su vestido, se le inundaron los ojos de lagrimas mientras se abalanzaba para abrazar a su padre.
- Ten cuidado querida, recuerda que soy un anciano- dijo el padre mientras reía con ella.
Baila conmigo, padre - dijo ella mientras tomaba su vestido para hacer una graciosa reverencia - el padre rió aun mas fuerte - mientras se ponía de pie para bailar con ella. Bailaron al son de la música que tocaban los pájaros cantores, y en cada paso se reían; ella era un poco torpe, así que le daba por momentos algunos tropezones, a el padre no parecía importarle, simplemente la guiaba con dulzura.
Esa noche cuando ella llegó a su casa y se miró cuidadosamente en el espejo no se reconocía, no era quien había sido antes, pero tampoco era quien esperaba ser, ella era lo que el padre necesitaba que fuese. Se quedó dormida pensando en lo maravilloso del día y esperando despertar para ir al jardín de nuevo.
Ese día cuando llegó al jardín el padre no estaba, lo cual la extraño, pues su padre siempre estaba. Lo buscó y lo llamó, pero no lo encontró; al correr por el inmenso jardín, no se dio cuenta que las hojas se caían, y que las flores se estropeaban, no le importaba, solo quería encontrar al padre, se quedó todo el día esperando y el padre no llegó, durmió allí y el padre no llegó, al día siguiente a ese, el padre no llegó y todos los días ella buscaba con mayor intensidad a la del día anterior.
¿Dónde estaba el padre? ¿Había ella hecho algo mal? ¿Se había equivocado en algo? Extrañaba al padre más de lo que había extrañado en algún momento sus hojas. Entonces se quedó a cuidar el jardín, hacia todo lo que había visto hacer al padre todos los días, anhelando su regreso cada momento, cuando las hojas se caían ya no le interesaba, solo importaba que el padre regresaría a su jardín y ella quería estar allí para recibirlo, cuando venían quienes se les caían las hojas, ella decía lo que el padre le había dicho “crecerán, crecerán” cuando venían quienes estaban heridos, ella los ayudaba a sanar tal como había visto al padre hacerlo.
Un día mientras estaba sentada cerca al lago recordando cuando bailó con el padre, escuchó ese cántico que ella muy bien conocía. Era el padre, ella corrió, corrió y se detuvo en seco cuando lo vio llegar con otros que no tenían hojas, que estaban secos y parecían sin vida, el padre le sonrió y ella lo abrazó - Sabía que cuidarías mi jardín- dijo el padre. Estos que llegaron con el padre la miraban con admiración y al mirarse asimismos se avergonzaban, ella que hacia mucho no reparaba su aspecto, no se había dado cuenta que sus hojas eran ahora mas fuertes, bellas y esplendidas, el padre la observó con detenimiento mientras arrancaba algunos brotes de hojas que crecían incorrectamente, le dolió un poco, pero sabía que el padre hacia lo que mejor sabía hacer.
Ahora ya no se iba en las noches, se mudó a vivir al jardín, al padre le gustó su decisión y le regaló una bella habitación cerca del lago, ahora ella veía a quienes llegaban, muchos llegaban con hojas esplendidas como las suyas, otros llenos de frutos, otros secos y algunos cuantos con muchas flores, en ocasiones el padre se ausentaba por días, y al regresar traía consigo a muchos que estaban secos o heridos, y los sanaba con mucho cuidado. Un día mientras el padre arrancaba las hojas de uno seco, ella le dijo: Padre ¿Por qué todos lucimos tan distintos? El respondió - Querida, en mi jardín todos florecen en temporadas diferentes. Ella entendió perfectamente y se limitó a observar al padre trabajar.
Pasaron los meses y sus hojas se empezaron a secar, los frutos empezaron a caer y las flores a marchitarse. Esta vez cuando sucedió miró al padre y sonrió.
Volverán a crecer - dijo ella, mientras se sacudía con gracia y la hojas caían. El otoño había llegado de nuevo, ahora ella ya no se aferraba a las hojas, las dejo caer todas, ya sabía quién era.
Cuando la vida parece brillante, cuando tus talentos relucen, cuando los amigos abundan y todo parece estar en orden, solemos sentirnos dichosos, pero la primavera no dura para siempre y cada temporada es importante, incluso el otoño. El ver a otros en su temporada y ver que lucen felices, plenos, satisfechos y con gozo, nos desvía de entender que ellos ya pasaron el otoño, que ellos ya abrazaron la perdida, el quebranto y el dolor y que la única manera de crecer es permanecer en tu temporada sin anhelar la de alguien más.
El mirarse y no reconocerse es una sensación que conozco muy bien, el pasar de un estado en donde todo en ti parece asombroso a quedarte sin nada, es una experiencia que solo pude describir con esta historia. Seca, así me sentía, sin hojas y sin fruto. Es que el otoño es tan necesario, lo que sucedió ayer, ya pasó, quien eras antes, ya fue, es tiempo de crecer, de avanzar de madurar, de explorar nuevas cosas, de descubrir nuevas hojas y para eso los viejos follajes se deben secar. Es duro abandonar algo que creías que eras, pero es más duro no hacerlo. En el otoño entendí quien era Dios, en el otoño entendí quien no era yo, en el otoño, mientras las hojas caían comprendí que los talentos, los dones, las capacidades, las habilidades, no son quien soy. En ocasiones serán brillantes, pero llegaran temporadas en donde simplemente no importaran, sin embargo eso no me define, he aprendido a dejar las hojas caer y eso me ha traído un gozo que ni siquiera puedo explicar, tal vez me veas sin hojas, quizás me veas más quieta o quizás muy llena de flores, porque cada temporada es importante, pero lo que permanece es la esencia de quien realmente somos. Volverá la primavera, también el otoño, viviré el invierno, también el verano.
Pero sabes…
Me mudé al jardín del padre, allí todo es más bonito sin importar la temporada.
Te animo a que hagas lo mismo.
Con amor,
Jilary con J




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